COLEGIO DE LA ASUNCIÓN

Promotor/es: 
Mª Teresa Terán (Superiora del Colegio)
Aparejador/es: 
Mariano González Flórez
Fecha del proyecto: 
1945
Presupuesto: 
4.000.000 ptas
Avda. Mariano Andrés nº 193
COLEGIO DE LA ASUNCIÓN
Fachada frontal
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Introducción

Durante poco más de una década, se construyeron en León tres grandes centros educativos promovidos por congregaciones religiosas: el colegio femenino de la Asunción (1945) y los masculinos de los Maristas (1949) y de la Compañía de Jesús (1956). Este fenómeno dimana de dos factores, uno sociológico y otro político. El primero, la consolidación de las clases medias urbanas que ligaban el futuro de sus vástagos, principalmente los masculinos, a la obtención de un título académico. El segundo, la encomienda por el franquismo de la educación a la iglesia católica.
Los tres edificios llevan la firma del arquitecto Ramón Cañas del Río y comparten las mismas premisas arquitectónicas, de corte clasicista, y un punto anacrónicas, basadas en un concepto rígidamente unitario que persigue la creación de complejos grandes e imponentes.
En contra de lo que cabría pronosticar, considerando la experiencia un grado, el primer proyecto es el mejor y el último, el menos afortunado, con diferencia. Tal vez esta tendencia decadente venga a poner de manifiesto el anacronismo de los criterios pedagógicos y arquitectónicos de partida, progresivamente más inadaptados a medida que la sociedad evolucionaba, por mucha resistencia que opusieran el gobierno de la dictadura y sus aliados clericales.

Descripción y análisis

El edificio de casi 11.000 m2 construidos se levantó sobre una gran parcela de 40.846 m2, emplazada en la periferia de la ciudad, a la vera de la truncada carretera León-Collanzo, coincidiendo con el primer escarpe que delimita la vega del río Torío por el lado occidental.
Aunque pudiera estar dictada por motivos económicos, esta localización tan alejada del casco urbano supuso, sin duda, una apuesta valiente e insólita que debió extrañar a la opinión pública, por lo general amante de lo conocido.
Tanta amplitud facilitó la tarea a los arquitectos pues, sin necesidad de preocuparse por la irregularidad de los linderos, permitía una implantación central y exenta, como así se hizo, mediante  un esquema en planta de traza simétrica con una espina dorsal en el centro que reúne las dos estancias más simbólicas -capilla y salón de actos-, flanqueada por dos alas con forma de L dejando entre medias sendos patios ajardinados.
Esta confianza en la capacidad estructurante de la geometría va a acompañada del olvido voluntario de los condicionantes de la parcela, en particular su accidentada topografía, que no aperece reflejada en ningún plano. Como la realidad al final se impone inevitablemente, la materialización del proyecto obligó a un enorme desmonte y, muy probablemente, guarde relación con este hecho la supresión del salón de actos, que avanzaba en la parte trasera, adentrándose aún más en las entrañas de la ladera.
Funcionalmente el inmueble se desglosa en colegio, internado y residencia de la  comunidad, que
conviven imbricados entre sí. En vertical se aprecia mejor la organización de los usos. El sótano está dedicado a los auxiliares: cocina, despensas, coladuría con “secadero”, sala de calderas y carboneras, además de dormitorios de servicios y sus aseos adjuntos. En la planta baja predominan los espacios comunes como una gran sala de visitas, un recreo cerrado, el economato, el comedor del internado, el refectorio de la comunidad, así como una aula de  “cultura física”, indicativa de la mentalidad respecto de la gimnasia femenina. La planta primera está ocupada principalmente por aulas aunque también hay seis celdas de monjas y dependencias anejas en la crujía de la fachada principal. Las aulas convencionales ofrecen un elenco variado de tamaños de 32, 42, 56 o 60 alumnas, llegando a 122 en las dedicadas a estudio. Se complementan con aulas especializadas de dibujo, música y laboratorios de física y química. El nivel superior es exclusivamente residencial con el internado en 118 cámaras de 2,5 x 2,0 m2, dotadas de lavabo y, en un recinto propio, otras 13 celdas de monjas con aseos comunes y una sala de estudio.
La sección vertical es muy simple con la misma altura libre de 4 m en todas las plantas al objeto de que cualquier uso quepa. La excepción radica en la capilla, que abarca los tres niveles, y techada con una bóveda cuya clave levanta 13,5 m respecto del suelo.
En la imagen exterior juega un papel esencial la topografía, con el edificio en una posición dominante, muy por encima de la rasante de la calle, prologado por una escalinata flanqueada por un espeso arbolado que salva el desnivel. Los alzados son elementales: una planta zócalo y otra de cornisa enmarcan la intermedia. La distinción se basa en la combinación de materiales -ladrillo a cara vista o revoco pétreo- y la configuración geométrica de los vanos, con dinteles rectos o arcos de medio punto en la fila superior.
La adustez de las fachadas transmite un aire de solemnidad que se acentúa en la portada neoclásica del cuerpo central, adornada con un orden gigante de cuatro columnas que arropan una imagen mariana, todo ello coronado por un campanario que se remata con una cúpula semiesférica.  El complejo, hoy semioculto por la fronda y hace 50 años visible desde cualquier punto de la periferia septentrional de la ciudad, se hace patente al nivel de la calle mediante un historiado portalón, heraldo del tipo de arquitectura que espera en el interior y dos casas de guardería más modestas.