INSTITUTO PROVINCIAL DE HIGIENE (hoy Centro Leonés de Arte)

Promotor/es: 
Diputación Provincial de León
Fecha del proyecto: 
1926
C/ Independencia nº 18
INSTITUTO PROVINCIAL DE HIGIENE
Fachada
  • INSTITUTO PROVINCIAL DE HIGIENE
  • INSTITUTO PROVINCIAL DE HIGIENE
  • INSTITUTO PROVINCIAL DE HIGIENE
  • INSTITUTO PROVINCIAL DE HIGIENE

Introducción

En torno a la tercera década del siglo XX, la arquitectura sanitaria adquiere en León una gran importancia.
De esas fechas son el  Hospital de San Antonio Abad (Cárdenas, 1919) en los altos de Navatejera y el Laboratorio Municipal y Casa de Socorro (Sáinz-Ezquerra, 1925) en la calle Arco de Ánimas.
Hay que añadir también las clínicas privadas promovidos por varios médicos: Emilio Hurtado (Torbado, 1924) en la calle Lope de Vega, José Eguiagaray (Torbado, 1926) en el paseo de la Condesa, Emilio González Miranda (Aparicio, 1930) en la plaza de Guzmán y Pedro Mata (Sáinz-Ezquerra, 1932) en la plaza de las Cortes. De éstas últimas sólo sobrevive el sanatorio Miranda, el único con una tipología de edificio entre medianeras mientras que las demás, estilo chalet, no resistieron el empuje del negocio inmobiliario.
Esta proliferación de edificios dedicados a la salud es indicativa del progreso de la sociedad española, aunque también del peso de la sanidad privada, a falta de un sistema de salud público.

Descripción y análisis

El Instituto Provincial de Higiene, al igual que los sanatorios privados, adopta como referencia los  modelos de las casas de ricos, como un volumen exento, retranqueado respecto de la calle y dotado de un programa decorativo ennoblecedor.
La planta, de forma rectangular, es muy sencilla con un pasillo paralelo a la fachada, dependencias a ambos lados, y el vestíbulo de entrada y la escalera en el eje central.
El plano original da a entender una constitución de muros de carga, que a fecha de 1926 resultaba anticuada porque en la construcción residencial se venían utilizando los pilares de perfiles de acero laminado, además que por esas mismas fechas comenzaba en León la implantación del hormigón armado (Casa Roldán y Almacenes Pallarés).
Sentados estas premisas de partida, le quedaba a Torbado la decisión de elegir el ropaje ornamental. Como todo buen arquitecto ecléctico, disfrutaba de una capacidad más que suficiente para recurrir a un variado elenco de lenguajes decorativos, que podrían aplicarse en exclusiva o incluso mezclados.
Transcurrido un cuarto de siglo XX, llama la atención la persistencia de Torbado en la arquitectura decimonónica. Podemos catalogar tal actitud como fidelidad a unos principios, o también como cabezonería o incapacidad de asimilación de las novedades. De todos modos, seguro que el contexto -la conservadora sociedad leonesa- también ayudaba.
En este caso, Torbado se decantó por una apariencia aristocrática, en forma de clasicismo barroquizante. Dice Serrano Laso: “(...) el autor puso especial cuidado en el diseño de multitud de sus elementos ornamentales, todos ellos dentro de la órbita clasicista, aunque éstos están combinados con determinados rasgos más propios del barroquismo. Entre los primeros están los consabidos frontones triangulares, las columnas dóricas y el pórtico de ingreso, los balcones -de hierro o de fábrica- y la composición general simétrica (...). Entre los segundos están los frontones curvos, los enmarques auriculares de las ventanas y el remate de la fachada principal”.
La cubierta no es patente, oculta tras un peto (acroterio) de balaustre, estrategia que facilita al arquitecto la labor de diseño, pues la irrupción visual del tejado no casa muy bien con el lenguaje clasicista.
En la fachada trasera se combina el revoco de imitación pétrea con el ladrillo a cara vista. Aunque los sistemas compositivos con los mismos, el edificio ofrece por este cara una imagen muy diferente, menos adusta, que expresa elocuentemente la importancia que los acabados (color y textura) tienen en la arquitectura.
En el interior destaca el eje central constituido por el encadenamiento de zaguán, escalera y  biblioteca, ya en la planta alta, que resaltan por su  factura suntuosa y esmerada, representativa de los repertorios decorativos que Torbado manejaba con soltura. La escalera está iluminada por una vidriera dedicada a Santiago Ramón y Cajal, personaje descollante y un tanto excepcional de la ciencia española, que figura retratado en un óvalo central.

Bibliografía

M. SERRANO LASO: La arquitectura en León entre el historicismo y el racionalismo 1875-1936, Universidad de León, León, 1993, pp. 72-77 y 217.